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Causas del aborto espontáneo
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Al principio, cuando regresé del hospital, me sentía aturdida y desorientada. Había muchas cosas que hacer y no sabía por dónde empezar. Llamé a unas amigas que habían pasado por la misma experiencia; hablar con ellas me consoló mucho. Otra amiga muy querida nos envió flores y se ofreció a cuidar de los niños por la tarde. ¡Cuánto agradecí su afectuoso interés y ayuda!
Coloqué en álbumes las fotos familiares; luego contemplé y tomé en mis manos la ropa sin estrenar del bebé, el único recuerdo tangible que tenía de él. Durante semanas, mi estado de ánimo experimentó cambios drásticos. Algunos días no podía dejar de llorar pese al enorme apoyo de la familia y los amigos. A veces creía que me estaba volviendo loca. Sobre todo me resultaba difícil estar con amigas embarazadas. Antes pensaba que el aborto espontáneo era un mero percance en la vida de una mujer, algo no muy difícil de superar. ¡Qué equivocada estaba!*
Además del paso del tiempo, lo que más me ayudó fue el amor de mi esposo y mis hermanos cristianos. Una Testigo preparó comida y nos la llevó a casa. Un anciano de la congregación y su esposa nos trajeron flores, así como una tarjeta escrita con mucho cariño, y pasaron la tarde con nosotros. Puesto que sabíamos lo ocupados que estaban, aquello nos conmovió. Muchos otros amigos enviaron tarjetas y flores. Cobraron un gran significado palabras tan sencillas como: “Nos acordamos de ustedes”. Una hermana cristiana de la congregación escribió: “Vemos la vida como lo hace Jehová, es decir, algo sumamente valioso. Si él sabe cuando cae al suelo un gorrión, seguro que sabe cuando ‘cae’ una criatura no nacida”. Mi prima envió este mensaje: “El milagro de la vida y del nacimiento es asombroso; pero también nos sorprende cuando no se realiza”.
Unas semanas más tarde, estando en el Salón del Reino, me dieron ganas de llorar y tuve que salir justo antes de que comenzara la reunión. Dos buenas amigas mías se percataron de que me había marchado llorando. Así que salieron y se sentaron conmigo en el automóvil. Me tomaron de la mano y me hicieron reír. Enseguida pudimos regresar al salón. ¡Cuánto me alegro de tener amigos “más apegado[s] que un hermano”! (Proverbios 18:24.)
Al difundirse la noticia del aborto, me sorprendió saber de la gran cantidad de Testigos que habían pasado por la misma experiencia. De hecho, algunas de ellas me consolaron y animaron en gran manera a pesar de que por aquel entonces apenas las conocía. El que me brindaran su afectuoso apoyo cuando más lo necesitaba me recordó el proverbio bíblico que dice: “Un compañero verdadero ama en todo tiempo, y es un hermano nacido para cuando hay angustia” (Proverbios 17:17).
Una semana después de haber sufrido el aborto, tuvo lugar la Conmemoración de la muerte de Cristo. Cierta tarde comenzamos a leer los relatos bíblicos sobre los últimos días de la vida de Jesús. De súbito vino a mi mente una idea: Jehová conoce el dolor de perder a alguien, ya que él perdió a su propio hijo. Puesto que Jehová es nuestro Padre celestial, a veces me olvido de lo comprensivo que es y de la empatía que demuestra a sus siervos, sean hombres o mujeres. En ese mismo instante me invadió una increíble sensación de alivio y me sentí más cerca de Jehová que nunca.
También me alentaron mucho las publicaciones bíblicas, sobre todo los números pasados de La Atalaya y ¡Despertad! que tratan sobre la muerte de un ser querido. Por ejemplo, me fueron de gran ayuda los artículos que aparecieron en la ¡Despertad! del 8 de agosto de 1987 bajo el titular de portada “Cómo hacer frente a la pérdida de un hijo”, así como el folleto Cuando muere un ser querido.#
Al cabo de algún tiempo, cuando empecé a reírme sin sentirme culpable y a conversar sin que saliera a colación la pérdida de mi bebé, supe que me estaba recuperando. Aun así, había ocasiones en que lo pasaba mal, por ejemplo, cuando veía a amigos que no sabían que había abortado o cuando una familia con un hijo recién nacido visitaba el Salón del Reino.
Por fin, una mañana me desperté con la sensación de que la tormenta había pasado. Incluso antes de abrir los ojos, me invadió una paz y tranquilidad que hacía meses que no tenía; en definitiva, me sentí curada. No obstante, cuando volví a quedarme embarazada al cabo de un año, tuve miedo a sufrir un nuevo aborto. Afortunadamente, en octubre de 2001 di a luz un niño sano.
Todavía me apena la muerte de mi hijo. Con todo, esta experiencia ha aumentado mi amor por la vida, por mi familia y mis hermanos cristianos y por Jehová, el Dios de consuelo. También me ha recalcado que él no se lleva a nuestros hijos, sino que, lamentablemente, “el tiempo y el suceso imprevisto [nos] acaecen a todos” (Eclesiastés 9:11).
Espero con anhelo el día en que Dios ponga fin al lamento, el clamor y el dolor, incluido el dolor físico y emocional que ocasiona el aborto espontáneo (Isaías 65:17-23). Cuando eso suceda, todos los seres humanos obedientes dirán: “Muerte, ¿dónde está tu victoria? Muerte, ¿dónde está tu aguijón?” (1 Corintios 15:55; Isaías 25:8).—Colaboración.
* Las investigaciones muestran que cada mujer responde de forma diferente a la pérdida de un hijo. Algunas se sienten confundidas; otras, desilusionadas, y hay quienes se sumen en una inmensa tristeza. Según los expertos, es natural que una pérdida tan grande como la que provoca el aborto espontáneo ocasione un profundo dolor, sentimiento que forma parte del proceso de curación.
# Editado por los testigos de Jehová.
| Publicado en ¡Despertad! del 22 de marzo de 2002 |
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