Flamantes aves bailarinas |
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EL INCESANTE estruendo de miles de voces en animada cháchara resuena sobre la superficie del remoto lago. Millares de aves rosadas vadean las relucientes aguas de color verde esmeralda. Arriba, multitud de ellas surcan el cielo con su grácil vuelo: girando y describiendo círculos sobre el agua, baten sus largas y delgadas alas al tiempo que dejan ver destellos de color rojo intenso. La bandada, teñida de brillantes tonos, es impresionante. En lo que a aves se refiere, quizá sea la mayor maravilla de la Tierra: los rosados flamencos del Gran Valle del Rift africano. Una elegante ave de largas patasAl flamenco se le ha admirado desde tiempos antiguos por su alta estatura y su delicada y encantadora forma. La imagen de esta ave de largo cuello fue cincelada en piedra y se la puede contemplar aún hoy en algunos jeroglíficos egipcios. Tanto admiraba esta civilización la insólita apariencia del flamenco que lo reverenciaba como la encarnación del dios Ra. En ciertas cavernas incluso se han descubierto pinturas rupestres en las que se resalta su esbelto y arqueado cuello y sus gráciles patas.
En la actualidad hay cuatro especies de flamenco distribuidas por ciertas zonas de África, el Caribe, Eurasia y América del Sur. El flamenco enano es la especie más pequeña. Presenta una hermosa coloración: las plumas son de un tono rosa intenso y las patas de color rojo brillante. El flamenco rosado es dos veces más grande que el enano y alcanza una altura de 140 centímetros. Todos los flamencos tienen una característica común: un llamativo pico curvado hacia abajo en su segunda mitad. Cuando quieren levantar el vuelo, corren con agilidad por el agua al tiempo que baten las alas airosamente a fin de tomar el impulso que necesitan para elevarse. Con la cabeza y el cuello extendidos hacia adelante y las patas rígidas hacia atrás, surcan el aire con indescriptible elegancia. Se calcula que en el Gran Valle del Rift africano habitan 4.000.000 de flamencos. Un ave tan delicada en
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![]() Los polluelos no se |
Las colonias de cría son un hervidero. Los progenitores empiezan a construir los nidos con gran entusiasmo. Para ello doblan sus largos cuellos y recogen con el pico barro, excremento y algunas plumas, con lo que construyen un montículo en forma de cono truncado de unos 40 centímetros de altura. En la parte superior abren una leve depresión en la que el único huevo que la hembra deposita se mantiene protegido de las aguas alcalinas y de escasa profundidad. Al poco tiempo, miles de polluelos empiezan a salir de su cascarón. Bandadas de progenitores van y vienen de las colonias de cría, ocupados con la agotadora tarea de alimentar y atender a sus hambrientos polluelos. Cuando los pequeños ya son capaces de caminar, los padres los dejan y vuelan a otra zona del lago, donde las algas verdiazules son más abundantes y ricas en proteínas. Allí, lejos de los requerimientos de las crías, pueden alimentarse y recuperar energías. Mientras tanto, la inmensa nidada se congrega en una especie de guardería atendida por algunos adultos que se han quedado. Bajo la continua vigilancia de estos flamencos, las escandalosas crías son conducidas por los salares hasta reunirse con sus padres. Aunque parezca increíble, en medio de toda esa confusión, cada progenitor es capaz de reconocer a su pequeño y seguir atendiéndolo. Los polluelos son torpes y no se parecen mucho a sus deslumbrantes padres. Tienen las patitas y el cuello cortos, el pico recto y el plumón blanco, nada llamativo. Al cabo de un tiempo les van creciendo las patas, se les empieza a alargar y curvar el cuello, y el pico comienza también a encorvarse, adoptando la forma delicadamente angular propia de los flamencos. Pasarán de dos a tres años antes de que el desgarbado polluelo se convierta en una hermosa ave de flamante plumaje. Entonces buscará pareja y se unirá a las inmensas bandadas rosadas que tanto embellecen los lagos alcalinos del valle del Rift. La elegancia y la belleza del flamenco constituyen un admirable ejemplo de diseño inteligente. Observar a esta encantadora ave en su hábitat natural deleita nuestros sentidos de la vista y el oído. Pero, sobre todo, aumenta nuestro agradecimiento y amor a su maravilloso Creador, Jehová Dios. |
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| Publicado en ¡Despertad! del 22 de enero de 2003 |
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