A eso de las siete de la noche del martes 17 de julio de 2007, un avión de pasajeros se salió de la pista en el aeropuerto más transitado de Brasil, situado en el corazón de São Paulo. El aparato cruzó una carretera principal y fue a estrellarse contra un almacén. Murieron unas doscientas personas.
ESTA tragedia, considerada el mayor desastre aéreo en la historia de Brasil, quedará grabada en la memoria de las personas que perdieron a seres queridos en el accidente. Una de ellas fue Claudete, que estaba viendo la televisión cuando oyó la noticia. Su hijo, Renato, iba en ese avión. Tenía tan solo 26 años, y pensaba casarse en octubre, apenas tres meses después. Desesperada, Claudete lo llamó a su teléfono celular. Cuando nadie contestó, cayó al suelo y rompió a llorar inconsolablemente.
Por su parte, Antje perdió a su prometido en un accidente automovilístico, ocurrido en enero de 1986. La noticia la dejó en estado de shock. “Mi primera reacción fue de incredulidad
Las palabras no alcanzan a expresar la conmoción, la incredulidad y la desesperación que ocasionan estas pérdidas tan repentinas. Pero el dolor también puede ser muy intenso incluso cuando la muerte de un ser querido ya se veía venir, como en el caso de una enfermedad terminal. Y es que, sea como sea, nadie está totalmente preparado para esa experiencia. Piense, por ejemplo, en el caso de Nanci, quien perdió a su madre en el año 2002. Aunque la había visto sufrir una larga enfermedad, el día que murió, Nanci quedó en completo estado de shock, sentada en el suelo del hospital. Le parecía que ahora su vida no tenía ningún sentido. Y aunque ya han pasado cinco años, todavía llora cuando piensa en su madre.
“Uno nunca supera la pérdida, simplemente se acostumbra a ella”, afirma la doctora Holly G. Prigerson. Si usted ha perdido a algún ser amado